Ricardo Valenzuela
Después de dos décadas de errores y aciertos, de grandes frustraciones
en sus esfuerzos para llevar a cabo las ansiadas reformas que nos rescaten del
subdesarrollo, países como México se han encontrado con dos grandes obstáculos
para lograr una verdadera prosperidad. El primero es la reforma de su
macroeconomía. Brasil y Chile nos han demostrado que eso se puede lograr cuando
se tiene un liderazgo valiente. Sin embargo, el reformar la macroeconomía,
aunque vital, no es suficiente para lograr la ansiada prosperidad.
El segundo y, tal vez la batalla más difícil de librar, es
en contra de esos elementos culturales que nos han tenido atrapados—la
corrupción y sus derivados que no han permitido que el espíritu empresarial y
una saludable sociedad civil se desarrollen, y de esa forma alcanzar nuestro
potencial. Chile y Brasil, precisamente porque han sido exitosos en librar el
primero, nos han demostrado la gran necesidad de librar el segundo para
verdaderamente gozar los beneficios de la reforma integral. Sin librar el
segundo, la metamorfosis es incompleta.
Las reformas macroeconómicas, como las que implementaron
Cardoso y los Chicago Boys, han demostrado que pueden limpiar los escombros que
han dejado los obsoletos sistemas económicos populistas, pero ellas no pueden
por sí mismas crear las nuevas estructuras que deban generar la inversión y el
empleo para substituir los viejos esquemas. Son el espíritu empresarial y una
robusta sociedad civil los que deben ser responsables de la creación de nuevos
y mejores empleos, que substituyan los viejos que definitivamente tenderán a
desaparecer como consecuencia de la cruda que se tiene que sufrir, después de
años de borracheras populistas y estatistas. Un país sin una clase empresarial
libre de las ataduras gubernamentales y sin una robusta sociedad civil, por más
que le construyan una hermosa macroeconomía, jamás podrá progresar.
En casos como Japón y Alemania, solamente la guerra pudo
enterrar entre los escombros de su destrucción esa maraña burocrática que
aprisionaba a las dos naciones y, con la emergencia de la sociedad civil,
resurgir como las grandes potencias.
Aun cuando los mexicanos tenemos como individuos un gran
espíritu empresarial, nos encontramos atrapados en esa maraña de corrupción y
con procedimientos burocráticos, leyes, y regulaciones que sólo sirven para oficializar
esa corrupción y establecer el entorno para ejecutar las mordidas y los
sobornos que chupan la vida de los pocos negocios emergentes.
Así como los vampiros chupan sangre de una res a diario pero
la mantienen viva pero flaca y enferma para seguir chupando, esa red de
complicidades, mordidas y sobornos evita que la actividad empresarial crezca
sana, fuerte, y competitiva y la sociedad civil se desarrolle autónoma e
independiente. Esta maraña de complicidades ha hecho que en México se
desarrolle una clase que ha sido de lo más perjudicial para el país y para
todos los mexicanos; el empresario estatista, el empresario cómplice de la red
de corrupción que nos envuelve y no nos deja salir de la pobreza y, junto a él,
el político profesional listo para servirle.
Chile, Brasil y de alguna forma México limpiaron los
escombros de lo viejo—pero no le han dado vida a lo nuevo. Las empresas
paraestatales del pasado han sido privatizadas, reformadas, las economías han
sido abiertas y miles de trabajadores han perdido sus trabajos. En una economía
sana y con espíritu empresarial, esos trabajadores estarían ya empleados en
nuevos negocios compitiendo en el mercado mundial.
En Inglaterra, por ejemplo, las privatizaciones de la
Thatcher destruyeron miles de empleos pero hoy día Inglaterra es más rica y
prospera que nunca y los nuevos trabajos se han generado en números récord.
Hace veinte y cinco años, en el viejo continente Inglaterra era “el enfermo de
Europa,” ahora su economía por mucho supera la creación de empleos a las que
una vez fueron las estrellas, las de Alemania y Francia. Sin embargo, en Chile
y Brasil no ha sucedido lo mismo, por supuesto tampoco en México, los trabajos
demandados no han sido creados.
Con la elección de un verdadero líder valiente y visionario,
y con un congreso responsable, las reformas macroeconómicas pueden seguir
avanzando hasta sus últimas consecuencias. Ello deberá iniciar la jornada de
México hacia la prosperidad. Sin embargo, la segunda batalla tal vez lleve
décadas el ganarla, y no es claro que fuerzas pueden lograr algo como eso.
Cuando el Estado se retira de su papel como el principal agente económico en la
estructura de un país, la sociedad civil tiene que tomar esa responsabilidad,
es por lo mismo, que esa sociedad civil requiere de un entorno adecuado para
florecer.
Dada la importancia de esta segunda tarea, vale la pena el
considerar experimentos radicales. Millones de mexicanos han logrado el que sus
talentos empresariales florezcan creando riqueza y empleos—en los Estados
Unidos. Esta es la misma gente, con los mismos talentos, la misma lengua que
tenemos en México. El ingreso total de los veinte millones de mexicanos y
descendientes de mexicanos viviendo en EU, es cinco veces el de los más de cien
millones que viven en México. Lo que es diferente por supuesto, es el entorno
político y legal. Texas, Nuevo México, Arizona, y California tienen grandes
concentraciones de población de origen mexicano, y la mayoría ha prosperado a
niveles inimaginables hace solo unos años. ¿Sería posible el estudiar la
experiencia de esos mexicanos y el atrevernos a pensar en llevar a cabo algunos
experimentos en México para ver qué elementos de su ambiente podrían ser
duplicados en nuestro país para el beneficio de todos los mexicanos?
Vale la pena examinar otra área del mundo que se ha
levantado de la pobreza a la prosperidad—el este de Asia. Es importante el
señalar que los países menos afectados y los que se recuperaron con más
agilidad de los eventos tan críticos de los últimos dos años—Hong Kong y
Singapur—fueron colonias británicas cuyos sistemas legales heredados de
Inglaterra, sirvieron como líneas de protección contra el nepotismo y cronismo
que abatió a las economías más débiles de la región.
En lugar de neo confusionismo, el sistema de estos dos
países se ha llamado anglo confusionismo—la mezcla de legislación inglesa con
la ética de trabajo confuciana y el espíritu empresarial de una sociedad civil
que ha florecido. Las demás economías de la región, lo más remoto que se alejan
del modelo inglés, crecen sus posibilidades de caer de nuevo en los peligros
históricos del capitalismo crony que tanto daño le ha hecho a la región.
(Segunda parte semana entrante)