Ricardo Valenzuela

Reflexiones Libertarias

Ricardo Valenzuela

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¡PEGAME SI QUIERES…PERO NO ME DEJES!

REFLEXIONES LIBERTARIAS

¡PEGAME SI QUIERES…PERO NO ME DEJES!

Ricardo Valenzuela

El ya lejano año de 1970, sería de importancia especial en mi vida puesto que, portando credenciales del Tec de Monterrey, debutaba en el mundo financiero de México. Al inicio de la tercera década de mi caminar, sentía tener el mundo en mis manos cuando, al ser aceptado en el Grupo elite de Ejecutivos en Desarrollo de Bancomer, zarpaba hacia desconocidos océanos pero con la bella mar en calma.

Terminaba el sexenio de aquel hombre taciturno quien, debido al sangriento Tlatelolco de 1968, su excelente desempeño como ejecutivo de la nación, especialmente en aspectos económicos, quedaría mancillado sentando las bases para iniciar la pesadilla que abrazaría a los mexicanos durante los siguientes treinta años. Luego de algunos titubeos, ante la loca verborrea de Echeverría, Díaz Ordaz entregaba el mando.

La conducta de la macroeconomía—cimientos del edificio—se podría haber utilizado como ejemplo internacional. En una era en la cual el sistema financiero mundial navegaba con la brisa de los acuerdos de Bretton Woods, el cáncer que aguardaba al país, la hiperinflación, era fenómeno olvidado. El peso había permanecido estable durante décadas y, a pesar de su oxidado mercantilismo, el comportamiento de la economía era no sólo aceptable, sino ejemplar. La deuda del gobierno era mínima y el nivel de vida de la población, ofrecía los atractivos suficientes para evitar el abandono de su territorio.

Durante los años 40, el legendario padre de la economía austriaca, Von Mises, había aceptado una invitación de don Luís Montes de Oca para, en una visita a México, llevar a cabo una evaluación de la aterrante herencia de Lázaro Cárdenas, y producía su librillo “Problemas Económicos de México.”

Cárdenas, entre otras cosas, aniquilado la autonomía del Banco de México iniciaría una masiva impresión de moneda. Entre los años de 1935 a 1937, el costo de vida escalaba un 17% pero un año después, superaba el 40% y como silenciosa y letal avalancha, devoraba el valor de nuestra moneda. La expansión monetaria producía el espejismo Keynesiano de un adulterado crecimiento presente, pero sacrificando el futuro. De inmediato, la demanda de dólares producía los saldos de cuentas de cheques se redujeran un 38%, y las reservas del Banco de México se desplomaban 60%. Ello provocaba dos cosas; devaluaciones masivas del peso y la expropiación petrolera.

Las conclusiones y recomendaciones del maestro Mises fueron claras y contundentes: Dar marcha atrás al proceso socializante que México iniciara desde el reinado del jefe máximo, Plutarco Elías Calles, el cual Tata Lázaro llevara a extremos impensables. Pero, ante la apatía de los mexicanos, un harto y cansado Von Mises lo anunciara proféticamente: “en el largo plazo, provocaría la hemorragia del país que podría desangrarlo hasta la muerte.” Ya había hecho el mismo pronóstico para la Unión Soviética en 1932, con la publicación de su obra; “Socialismo.”

Sí bien, durante los siguientes 30 años no se arreciaran las políticas de Cárdenas, igualmente se ignoraba la ruta apuntada por Mises, jornada provocando ya milagros en países paupérrimos como era el caso de Hong Kong, Corea del Sur y Singapur. Sin embargo, el partícipe más prudente en la construcción del devastador futuro mexicano, sería Díaz Ordaz quien, ahogando su arrepentimiento, aquel gris Diciembre de 1970 entregaba las riendas de México a sus verdaderos verdugos.

Durante los siguientes diez y ocho años, el cardenismo económico se retomaba con pasión revolucionaria. Sin embargo, el precio de la bacanal llegaba con abultada factura. De 1976 al 2000, el peso se devaluaba tantos miles por ciento que se hipotecaba el país con deudas superiores al 100% del PIB. En 1970, el ingreso per capita de México era de $700 dólares; el de Corea del Sur $260; Singapur lucía cifra de $800 y Hong Kong reportaba $900. Al arribo de 1988, México apenas arañaba los $2,000 mientras Corea reportaba $5,000, y Singapur, al mismo ritmo que Hong Kong, sobrepasaba los $10,000.

Llegamos al 2006 con elecciones en puerta y por primera vez, desde la era de Díaz Ordaz, el marco macroeconómico no luce como Cuasimodo crudo. La inflación se ubica por abajo que la de EU; el peso permanece firme; reservas internacionales de $70 billones de dólares; el presupuesto está en balance y aquellos horrorosos déficit del 20% del PIB, populares en los 80s, han pasado a la historia.

Sí bien Fox, en su toma de protesta al pronunciar la frase “el presidente propone y el Congreso dispone,” sellaba el destino de una administración que pudo ser y no fue. Yo me quito el sombrero para saludarlo puesto que, aun rodeado de alacranes, víboras y demás bichos saboteadores, entrega cuentas claras, si no de la magnitud prometida y esperada, definitivamente admirables y, sobre todo, una plataforma firme para el futuro.

Pero ¿que se proponen los mexicanos? ¡Por los relámpagos se adivina el aguacero! Aunque parezca increíble, coquetean con el pasado. Le dedican sonrisas a la dolorosa eternidad que se iniciara aquel año de mi debut, 1970. Le hacen ojitos al cochero que ofrece llevarnos por la misma ruta que destrozó el país, y luego arrase los cimientos. No aprendimos a medir para comparar la estatura de aquellos cachorros del oriente, que hoy deambulan como fornidos tigres con toda la magnitud de sus destinos alcanzados.

Cuando México pellizca un ingreso per capita de $7,000, Corea ya sobrepasa los $20,000; Singapur los $30,000 y Hong Knog se aproxima velozmente a los $40,000. Pienso entonces en el sombrío dictamen que Mises expresara sobre nuestro sistema educativo: “Cárdenas lo deja contagiado de cuatro mortales virus: Pobreza intelectual y espiritual; manipuleo de la juventud a través de proselitismo político en aulas y libros; masificación del individuo creando la manada; y pretorianos controles de la libertad de cátedra, para evitar la formación de mentes libres.”

Es entonces cuando entiendo que, como parte del moderno proceso político, en un acto de pantomima barata que debe avergonzar a los mexicanos, le dediquen todo un programa de TV a un payaso enmascarado dando cátedra de todología y, con su poderoso ejército en alerta roja, se declara listo para otro día D, si no lo dejan repartir la política.

Pero conociendo el instinto de sobre vivencia del ser humano, lo que no entiendo esa amorfa masa gelatinosa que sepulta el país entonando el himno al masoquismo: “Pégame, hiéreme, mátame si quieres pero no me dejes, no no me dejes, nunca jamás.” “¿Me oyes? Rata de dos patas.”

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